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8 de noviembre de 2020

Villa Epecuén, 35 años después de que el agua se llevara todo




Villa Epecuén, hoy. En épocas de crecida, como hace unos años, la laguna vuelve a cubrir la calle principal. Fotos: Emmanuel Briane - La Nueva. y Archivo

Pocos días son tan tristes como el 10 de noviembre para la gente de Carhué, y este martes no será la excepción. En estas fechas, la memoria popular transporta a todos al año 1985, cuando una sudestada terminó de romper la ya débil resistencia que ofrecía el inmenso terraplén de contención y las aguas comenzaron a avanzar sobre la Villa Epecuén.

Era el comienzo del fin. En las horas siguientes comenzaría el éxodo de los 1.500 pobladores desde el balneario hacia Carhué, escapando a la tragedia inminente; para no dejar dudas, el gobierno de Adolfo Alsina dispondría por decreto que nadie debía quedar en la localidad. A muchos hubo que obligarlos a irse cuando el agua ya tenía una altura considerable: todavía confiaban en la seguridad que podía darles el inmenso talud de piedra vencido.

La gente rescataba como podía sus pertenencias. Había filas de vehículos que iban y venían desde y hacia el balneario; mientras el agua lo permitió, corría un tren entre ambas poblaciones para sacar todas las pertenencias de la gente. Fuerzas vivas, instituciones, vecinos, todos veían que la inundación era inminente e inevitable y trataban de salvar todo lo que se podía, fuera propio o ajeno.



La desesperación por no dejar su hogar se mezclaba con la necesidad de llevarse todo, y cuanto antes. Cuando la laguna ya había tomado las calles, viviendas, hoteles y comercios, algunas personas se aventuraban en botes para seguir sacando cosas, rompiendo paredes y techos para ingresar. Semanas después, con el agua subiendo en forma descontrolada, muchas edificaciones ya se encontraban deterioradas, porque habían sido rotas a mazazos.

“Es un recuerdo muy triste para mí, como lo es para toda la comunidad -recuerda el hoy diputado provincial David Hirtz-. Sobre todo para aquellos que venían de generaciones de ser comerciantes, hoteleros, gastronómicos, que tenían un futuro armado y que, de la noche a la mañana, pasaron a ser indigentes, durmiendo en escuelas o en un gimnasio”.

Desde hacía años, la gente de Carhué y Epecuén veía como los gobiernos militares elevaban los terraplenes y acumulaban agua en la parte alta de la cuenca de las Encadenadas del Oeste. Sabía que todo ese líquido, tarde o temprano, iba a terminar en la última laguna del sistema.


El martes no habrá actos oficiales. Se colocará una placa en el ingreso a las ruinas de la villa y se realizará un programa radial evocativo.



“Veíamos esto con muchísima preocupación e hicimos muchas reuniones con los vecinos para alertarlos de la gravedad de la situación. Pero muchos habían visto nacer el terraplén desde el momento cero y tenían confianza en que -como estábamos en septiembre y octubre- el agua iba a bajar un poco e íbamos a llegar a la próxima temporada de verano”, recuerda.

Eso, finalmente, no ocurrió: esos dos meses las lluvias inundaron toda la provincia y esa barrera de tierra terminó colapsando.

“Menos mal que, dentro de todo, la inundación fue lenta, y nos permitió sacar a la gente de sus hogares, casa por casa, ayudándolos a cargar sus pertenencias en caminos que se hundían. Me ocurrió con mis padres, que vivían entre Epecuén y Carhué: creían que la inundación no iba a llegar hasta ahí, y los tuve que sacar con un tractor, ya con un metro de agua a la altura de la tranquera”, cuenta.


Hirtz señala que, a partir de ese momento, llegaron años de silencio opresivo, de un duelo que perduró en el tiempo hasta que la gente se fue haciendo a la idea de que esa situación era irreversible.

“Llegó la tarea de recuperarnos en lo anímico para llegar a esta realidad de hoy, opacada por la grave situación de pandemia. Pero debemos recordar que hasta marzo de este año se venía dando un reflorecimiento del turismo, con la recuperación del lago y la concreción de obras importantísimas que se hicieron en la cuenca y que nos dieron la posibilidad de tener un manejo adecuado, que alienta a invertir, crecer y trabajar”, explica.


Un hecho que marcó la vida de la gente de Carhué



El intendente de Adolfo Alsina, Javier Andres, considera que la inundación es Epecuén es un hecho que, indudablemente, marcó la vida para la mayoría de la gente de Carhué.

“Es una tragedia que vivimos como comunidad y en la que seguimos trabajando muchísimo a nivel turístico y desde el plano emocional. Siempre se lo tiene presente”, agrega.


Cómo lo reflejó "La Nueva Provincia"



“El panorama en la villa turística es realmente desolador. El agua ha invadido una franja que tiene un ancho de 12 manzanas por tres y media de fondo. En consecuencia, una gran parte de la hotelería, restaurantes y viviendas, hoy tiene gruesos caudales de agua en su interior”.

En “La Nueva Provincia”, la información había aparecido casi perdida, a poco más de un mes antes del comienzo de la tragedia: “Epecuén amenazado por las aguas”. En un año lluvioso como pocos, en los que los registros históricos se habían visto doblados por el agua caída, las inundaciones estaban haciendo mella en la provincia de Buenos Aires. Guaminí, General La Madrid, Daireaux y Adolfo Alsina estaban en el ojo de la tormenta.

La situación, reconocían las autoridades antes del 10 de noviembre, era muy complicada. Más allá de que alguien había esbozado que no existían riesgos de desbordes en el sistema, se sabía que se estaba atravesando una situación inédita por la cantidad de agua que seguía cayendo desde el cielo.



En la edición de ese mismo día, el diario señalaba que dos días antes un temporal había sumado otros 100 milímetros a la caótica situación; ya se había cortado el acceso a la villa y había medio metro de agua sobre el asfalto.

Con el correr de las ediciones, los titulares y las crónicas hablaban de catástrofe, de un panorama desolador en lo que había sido uno de los principales balnearios de la región y cómo los pobladores -lenta e inexorablemente- iban dejando todo atrás mientras el agua seguía escurriendo. En menos de una semana, la cantidad de evacuados era de 670 personas; 164 casas ya habían sido abandonadas. Casi la mitad del pueblo estaba bajo agua. Por si fuera poco, el jueves 14 volvió a llover.

“Si esto sigue así -decía el intendente Raúl González-, siento que el pueblo va a desaparecer. Poco a poco se irán los que quedan y todo quedará abandonado”.



Y así ocurriría.

“El acceso principal está intransitable y se llega por otros caminos donde las máquinas no dan abasto para el mantenimiento. El paso de camiones y camionetas es incesante en busca de elementos domésticos […]. Se colabora entre vecinos en una tarea incesante y solidaria. Inclusive llegan jóvenes de Carhué y los hombres han puesto sus transportes a disposición a riesgo de perderlos por el agua salada”.

Diez días después de la rotura del terraplén se consideraba que ya no quedaba nadie viviendo en la población. Su desaparición era dada como un hecho. Las crónicas señalaban que la desolación y el silencio eran dueñas y señoras del lugar. El agua seguiría subiendo y recién comenzaría a retirarse en 2009. Villa Epecuén encontraría una segunda vida como lugar turístico, con sus ruinas como atractivo.

Sin embargo, hay ciertas heridas que nunca podrán cerrar.

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