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Triers Hotel

7 de noviembre de 2020

La voluntaria de Darregueira que encontró su hogar en África



“Ahora estoy en Nairobi, en la capital de Kenya. Inesperadamente viviendo aquí. Nunca elijo grandes ciudades para vivir pero a pesar de ello hoy me siento feliz aquí. Desestructurándome aún un poquito más y conociéndome en espacios que hasta hoy no elegía o no me eran cómodos”.

La Pandemia no pasó desapercibida para nadie, en el mundo.


Anahí González
agonzalez@lanueva.com
  
También impactó en los planes y en la vida de Gisela Aschemacher, la joven voluntaria de Darregueira (tiene 26 años) que colaboraba con un orfanato en Mombasa cuando quedó varada en el continente.



Por momentos, parecía una pesadilla. Gisela se sentía muy feliz en el orfanato, donde iba a pasar un mes pero, de un momento a otro, ya no pudo seguir visitando a los niños que cuidaba, a quienes les preparaba la leche, con quienes jugaba y festejaba cumpleaños. El Covid lo cambiaba todo. Los pequeños estaban aislados.

“Los primeros seis meses me mantuve sacando cuentas, administrándome para comer y pagar alojamiento”, contó.


Así jugaba con las niñas y niños del orfanato de Mombasa.

Insistió, golpeó puertas, hizo cientos de llamadas, imploró, se enojó, se reconcilió con la situación, también disfrutó de muchas experiencias y, finalmente, el 10 de agosto, recibió la noticia más esperada: podía retornar a Europa.

Entonces viajó a Nairobi, capital de Kenia –estaba a seis horas de allí- para tomar el vuelo a Madrid. Arribó tres días antes de la fecha prevista, junto a Clara, otra argentina viajera, a quien había conocido hacía unas semanas por una nota en un periódico.

Y sucedió lo impensado: no se quiso ir. Algo había cambiado.


Junto a su amiga, otra viajera argentina, con mujeres del lugar que las agasajaron.

“Sinceramente no sé qué fue lo que me hizo cambiar el pasaje en agosto cuando los vuelos a España ya estaban abiertos. Tanto yo, como Clari, mi amiga, que como nos dicen aquí, ya somos hermanas, sentimos lo mismo. No sabemos explicarlo, solo sucedió”, contó.

“Las dos tuvimos malos días, nos desesperamos, extrañamos, nos comía la incertidumbre, nos convertimos en calculadoras, lloramos, y fuimos demasiado felices. Pasamos por muchas etapas y por miles de sentimientos distintos, pero aún en los días más tristes nunca pensamos en dejar Kenya. Y esa creo que fue la señal más fuerte que tuvimos para convertir este país en nuestro hogar, al menos por ahora”, relató.


En la reserva Masai Mara, en Kenia, África.

Ambas usan Couchsurfing, una plataforma de intercambio a través de la cual los viajeros son considerados huéspedes por familias que nos les cobran el alojamiento.

Así llegaron a una casa en un barrio humilde y luego a otra, en la que conocieron a una persona que les abrió un montón de puertas y confió en ellas y les brindó estabilidad.

“Ese día empecé a posponer mi vuelo”, confió Gisela.


Visitar estas reservas había sido siempre uno de sus sueños.

Primero lo postergó una semana, luego diez días y la tercera vez que lo intentó le dieron una última fecha, 29 de noviembre. A partir de entonces ya no podría reprogramarlo.

“Empezamos a reinventarnos. Empezamos a colaborar con un orfanato que está en Kibera, muy cerquita de dónde estamos viviendo, dentro de uno de los Slums (villas miseria) más grandes del mundo. De a poco estamos intentando ayudar en cosas mínimas, a veces tan solo pasando unas horas con ellos; llevando agua, alimento, ropa y juguetes”, contó.


Junto a su amiga Clara, como voluntaria en uno de los slums más grandes del mundo.

También visitaron parques naturales –como el Nairobi National Parks- en los que estuvieron junto a hipopótamos, rinocerontes, elefantes, jirafas, cocodrilos y demás fauna local, algo que Gisela siembre había soñado.

“Decidí quedarme a vivir acá. Con ayuda de mi Couchsurfing creé una marca y estoy empezando a vender productos artesanales hechos en Kenya”, contó.



Se trata de utensilios de madera de olivo y cristalería grabada a mano que un amigo le ayuda a vender en el Viejo Continente.

La viajera –quien estudió Hotelería en el instituto Pedro Goyena de Bahía Blanca- creó la marca "Ikigai", que se refiere a una filosofía de vida que trata de encontrar la razón de ser, el propósito... aquello que le da sentido a tu vida.

“Siento que fue el nombre indicado para describir mi presente, de alguna manera”, confió.


Algunos de los productos que comercializa en su nuevo emprendimiento.

Piensa visitar a su familia en Argentina, tal vez en enero, pero con pasaje de regreso a Kenia.

“Si bien vine por un mes, y sin querer me tuve que quedar por el coronavirus, ahora ya es mi decisión. Hoy no me veo en un futuro en otro lado”, remarcó.

“Al principio, me incomodó la incertidumbre al saber que mis vuelos se cancelaban mes a mes, y hoy siento que encontré la respuesta. Me llené los ojos de animales salvajes, de naturaleza viva. Me adapté a vivir con menos cuando lo necesité, aprendí mucho”, dijo.



Aseguró que desde que llegó a Kenya, el 1 de marzo, todo fue inesperado.

“Cada día que pasa aprendo y me asombro. Desde ya, el venir por un mes y que hoy ya sean más de ocho lo hace mágico. O así lo siento yo”, señaló.

Reflexiones sobre el actual contexto de la Pandemia

“En mi opinión, la pandemia impactó de manera colectiva. Claramente no diferencia geografías, riquezas ni razas; pero siento que aquí, en África, no lo sentí tanto como si hubiese estado en España o en Argentina. Tal vez porque aquí no es la primera vez que lo viven, y a eso lo hacen notar”, dijo.

Comentó que quienes viven en África tienen una resiliencia y capacidad de adaptación a las adversidades admirable.



“Obviamente tuvo un millón de efectos negativos y los seguirá teniendo, pues que tengan experiencias pasadas similares no desentiende a las situaciones y a los efectos que el covid va dejando en su paso”, dejó en claro.

“Me costaría decir explícitamente cuáles fueron las enseñanzas que me dejó y me dejará aún esta pandemia. Yo creo que todo lo que nos toca vivir sucede para marcarnos el camino, enseñarnos o hacernos crecer, a veces de manera brusca, sin esperarlo o tal vez sin desearlo. Pero sucede porque somos capaces de superarlo y de seguir adelante”, expresó.
Soñé con ver los BIG 5 en un safari, me imaginé observando animales mil veces, lo cree en mí mente mucho tiempo. Soñaba con África sin saber por qué".

Si bien no sabría ponerle nombre a esos aprendizajes, hoy es consciente de que existen.



“Para mí y para todos. Pero los veremos con el tiempo, y doy fe de que serán muchos. Formará parte de una conciencia colectiva, difícil de lograr en este mundo”, dijo.

“Las grandes decisiones conllevan miedo, y si hay algo que amo son los nuevos desafíos. Aprendí a hacerme amiga del miedo. Hoy lo necesito sentir para saber si valdrá la pena mí siguiente paso. Vine a Kenya buscando un por qué, y encontré un millón”, concluyó.
A veces esa ayuda que buscamos o que pedimos viene en forma de "incomodidad", yo no buscaba ayuda, solo deseaba y soñaba con este continente. Soñaba con conocer esta cultura, con vivir su día a día y aprender de ellos su filosofía”.

Experiencias. “Me crucé con gente increíble, me ayudaron y ayudé. Conocí historias de vida que no hubiese imaginado jamás. Cuestioné mucho mi vida, vi situaciones muy tristes y otras tantas demasiado lindas y felices”, compartió.



Un proceso. “No creo ser muy buena expresando en palabras sueños cumplidos ni sentimientos, porque mientras decido quedarme a vivir aquí sigo procesando la información. Fue mucho en poco tiempo, es nuevo para mí. Pero me parece encantador”, dijo.

Familia. “Respecto a la persona que nos hospedó, y que hoy después de tres meses ya podríamos decir que somos familia, también influyó mucho en nuestra decisión. Nos brindó días de mucha estabilidad. Si debo resumir diría que creyó en mí, y me orientó en un camino que yo veía o creía lejos, algo demasiado nuevo para mí”, destacó.

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