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14 de septiembre de 2020

De Darregueira al mundo: viajero incansable con el foco en destinos exóticos




Su abuelo materno, el médico Horacio De Martino, de Darregueira, fue el primero en hablarle de la India y del continente africano, dos de los destinos que más tocaron su corazón en esta gran aventura que Juan Manuel Alfaro (37) emprendió hace 8 años y que lo llevó por 49 países en 5 continentes.

Su abuelo era también un apasionado viajero y fue el primero en llevarlo a un Mundial de Fútbol: al de EE.UU, en 1994. Desde entonces, fue a dos más: en Sudáfrica y Brasil.

Anahí González
agonzalez@lanueva.com
   
Este país fue uno de los que más visitó antes de convertirse en viajero en vez de turista. Fue unas 6 o 7 veces, con amigos, cuando todavía repetía países.

Hoy, con otra experiencia, prefiere no pisar dos veces la misma tierra, salvo contadas excepciones, como India o Australia, donde vivió situaciones muy significativas.

Aventurero incansable, cuántos más sitios visita, más tiene por conocer.


Se sacó una foto tal y como lo había hecho su abuelo 25 años antes, en el Taj Mahal.

“Me gusta conocer lo nuevo y tener esa adrenalina de sentir cómo, a medida que vas conociendo el mundo vas conociéndote a vos mismo, como una especie de viaje introspectivo”, contó.

El puntapié inicial fue en Sudáfrica. A los 25 años se dio cuenta de que estaba en Argentina con casa, auto, un buen trabajo, pero algo faltaba. Y era algo grande.

“No tenía ese gustito que tiene la vida cuando da un salto de calidad a nivel humano y a nivel de lo vivido”, recordó.



El primer paso fue anotarse en la red de viajeros de Couchsurfing, con millones de usuarios, y ofrecerse a darles hospedaje de forma gratuita.

“Con 135 experiencias de hospedajes empecé a tener información: datos, contactos, casas donde parar en el mundo y se me fue abriendo una network importantísima para hacer viajes”, comentó.

Entonces se animó al primer viaje fuerte como mochilero con su gran amigo Fabricio Petz, también de Darregueira: 18 países de Europa, 35 ciudades, sin pagar un solo hotel ni un solo hostel. Intercambio cultural sin rédito económico.

“Me animé a hacer algo de lo exótico, con países nórdicos y Europa del Este. Fue el inicio de una experiencia diferente”, remarcó.

Al volver al país, ya no pudo quedarse. Sentía el llamado interior de seguir desarrollando su experiencia en viajes. Y fue a Australia, en donde vivió en dos ocasiones, una en Sydney.

“Se me prendió un motor que nunca más pude apagar y viajé por 15 países de Asia”, contó.


Amanecer en la sagrada ciudad de Varanasi.

En Australia trabajó en granjas de cosecha de tomates, manzanas y berenjenas y fue mozo de los mejores restaurantes de Sydney.

“Llegué a trabajar en la casa del primer ministro Tony Abbott, ¡en el día en que ganó las elecciones! Éramos tres mozos y me tocó atender su mesa. Fue inolvidable”, relató.

Sin dudas, su paso por el corazón de la India, Sri Lanka y Nepal, en los que estuvo varios meses, y visitó junto con su amigo Justo Manuel Astorga, marcaron puntos de inflexión, lo cambiaron para siempre: desde hacer la meditación Vipassana de diez días de silencio en los Himalayas hasta pasar por las cremaciones en el río sagrado de Varanasi.


Junto a su amigo Justo Manuel Astorga, compañero de aventuras.

Cruzando desiertos llegó a pasar un año nuevo en la arena, en el límite con Pakistán.

“Ahí todo fue diferente, más fácil, uno corta el ombligo umbilical y todo resulta más accesible y más alcanzable”, aseguró.
Quienes quieran comunicarse con Juan Manuel pueden hacerlo a través de su Instagram @samsaraviajes.

Volvió a vivir a Australia y desde allí visitó Filipinas y varios lugares más, ya con la fotografía muy incorporada. Lo ayudó a reflejar lo que vivía y a profundizar en su veta artística.

“Empecé a conectar de otra manera con los lugares, me sentía a gusto y con los cinco, seis o siete sentidos atentos.Ya no sé cuántos tenemos porque cuando uno empieza a tener este tipo de experiencias se despiertan varios sentidos que uno no conocía”, destacó.


Después de pasar un par de meses en Argentina se estableció por dos años en Madrid y estudió Fotografía en la universidad hasta recibirse como fotógrafo profesional.


Sacando fotos en el mítico río Ganges, en India.

Con base en la capital española empezó a viajar a todos lados: norte de África, Egipto, Marruecos, todo lo que le faltaba de Europa del Este pasando por Bulgaria y Croacia.

Regresó nuevamente a Argentina por un problema de su padre y se hizo cargo por un tiempo de una empresa familiar pero pronto sintió nuevamente esas ganas irrefrenables de seguir viajando y se fue a vivir a Auckland, Nueva Zelanda.

“Me fui a vivir con mi hermano Juan Ignacio, que esta allá desde hace unos años. Ahí experimenté lo que es vivir en el primer mundo: irse adormir a las 9 de la noche, sociabilizar muy poco, ya que la cultura anglosajona es muy fría en ese sentido. Tuve una vida muy neozelandesa que me aburrió un poco. No quería arraigarme en un país que no sea Argentina”, sostuvo. :

Vino a Argentina justo un mes antes de la pandemia y ahora se encuentra en Buenos Aires, desarrollando un proyecto a través del cual mantiene su motor encendido: seguir viajando y compartir sus experiencias de viaje a modo profesional.


Una mirada inolvidable de Nepal.

“Dadas mis experiencias y amor por viajar y después de abrir la cabeza viajando me estoy animado a abrir una agencia de viajes internacionales exóticos y clásicos. Justo en esta Pandemia, van a decir que soy un loco, pero soy valiente”, dijo y contó que su novia María Belén también es parte de esta iniciativa.

“Nos vamos a animar a hacer viajes al Tibet, a Bangladesh, al Transiberiano, Mongolia, lugares que la gente los ve en los atlas o en Instagram pero que pocas veces se anima a ir”, contó.


Una mujer con un llamativo y colorido uniforme de trabajo cultiva la tierra cerca del pueblo de Hsipaw en Myanmar.

“Tengo muchos viajes pendientes, como la Antártida, pero la reflexión que hago es una vez que uno rompe el esquema de lo habitual se empiezan a presentar posibilidades que uno antes nunca hubieran creído que fueran reales”, remarcó.

“Esa zona de confort que uno rompe te permite magnificarte, amplificarte y conocer otros universos, otras culturas, otras idiosincrasias, otros modos de compartir, de vivir la vida y la muerte. Es muy profundo”, recalcó.


Niños budistas de Myanmar estudian los mantras con los que meditarán.

Además, en su caso, casi todo el tiempo se quedó en casas de lugareños, escuchando sobre sus culturas de primera mano, viviendo con ellos el día a día, observando sus costumbres, compartiendo sus comidas, ritmos, nociones, reglas, dejándose llevar a los lugares más recónditos de cada ciudad.
El día en que fue protagonista de un juicio callejero en la India

Juan Manuel contó que en India existe el juicio callejero: la gente tiene una cultura muy fuerte de defender al prójimo y cuando hay un choque, accidente o discusión todos los testigos se meten a tratar de resolver la situación, a veces, de manera violenta y, otras, muy objetiva.

“Me tocó experimentar en carne propia, estaba con un amigo y una amiga de Australia, íbamos en un tuc tuc –motitos con un carro atrás- y empecé a discutir por el precio porque me quería cobrar 300 rupias más de lo que habíamos acordado”, dijo.

El conductor decía que los viajeros no habían sido claros en el origen y destino del viaje pero él tampoco lo había sido en el sobreprecio.


La pureza de la infancia en un estrecho pasillo de Varanasi, India.

“La discusión se elevó en el tono y me planté en la posición de no regalarle mi dinero, porque es lo que, como viajero, te abre oportunidades para conocer nuevos destinos”, reflexionó.

“Me planté, él se plantó y se acercó un grupo de indios que estaba mirando. Un señor mayor tomó la palabra, llamó a los presentes para debatir, hizo un círculo con todos pero nos dejó afuera al conductor del tuc tuc y a mí”, narró.

Juan Manuel jamás entendió ni una palabra de lo que hablaban, pero la sentencia fue clara: ellos debía pagar 150 rupias por no haber sido claros y el conductor tenía que bajar 150 rupias.


En la ciudad de Rishikesh, capital mundial del yoga, se encontraba ella con su angelical rostro y su calma y penetrante mirada.

“El conductor accedió y yo accedí. Había leído en libros que hacían este tipo de cosas y me pasó en carne propia”, sostuvo.

“Ahí me di cuenta lo lejos que estamos como sociedad de este tipo de actos. El indio tiene un corazón gigante y lo expone ante cualquier circunstancia. Después de conocer a los indios en profundidad me enamoré de ellos, y tuve amigos indios, con los que sigo hablando. Me enseñaron otra visión de la vida”, dijo.

Aseguró que en India tienen otra visión con el prójimo, otro cuidado con los actos de uno mismo.


Con su cabeza y espina dorsal exigidas al máximo esta mujer india soporta el peso de sus obligaciones diarias.

"Es una anécdota que me parece increíble que suceda en 2020 cuando todos vivimos en nuestra propia vorágine y no nos importa el de al lado. Y cuando estás en la onda verde, le tirás el auto al de al lado porque no querés que te agarre el amarillo o el rojo”, destacó.

“Allá lo viven de otra manera, por más que el tráfico es un lío, las motos no respetan, esos es cierto, es una locura pero tienen este costado espiritual y de fijarse en el prójimo que nutre mucho el alma”, concluyó.

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