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27 de julio de 2020

Darregueira - Repatriados: amor, viajes y el asilo inesperado en un convento español



Juan Cruz Bravo, oriundo de Darregueira (27) y su novia, Romina Ramos (26), de Coronel Suárez, habían decidido viajar a Europa para trabajar, juntar dinero y vivir la experiencia de conocer otras culturas y paisajes.

El primer destino sería España, algunos países más en Europa y luego irían al sudeste asiático.


agonzalez@lanueva.com

“Salimos con la idea de estar fuera unos cuatro meses que se convirtieron en 10. Nos fuimos de Argentina con el pasaje comprado para Tailandia”, dijo Juan Cruz.

Él es Técnico en Seguridad e Higiene –se recibió en ISEME, trabajó en el parque eólico La Castellana 2, en Bahía Blanca- y Guardavidas; ella, Licenciada en Recursos Humanos en la Universidad Siglo XXI y trabajaba en el comedor universitario de Barrio Palihue, antes de viajar.



Se conocieron en Bahía Blanca hace 5 años y son pareja desde hace tres.

La pandemia los sorprendió en plena aventura y llegó para desbaratar varios planes, pero finalmente todo se acomodó.

Después de pasar tres meses en Barcelona, en distintos trabajos de temporada (él en un restaurante y ella en un shopping) recorrieron Niza, Mónaco y Roma y en noviembre fueron al sudeste asiático, donde se quedaron tres meses y medio.



Allí visitaron Tailandia, Indonesia, Malasia y Singapur. Para esa fecha, el virus de Covid-19 se expandía en Asia pero no generaba alarmas en el resto del mundo.

“Veníamos escuchando sobre el virus desde que estábamos en Malasia. Algunas excursiones se cancelaban porque trataban de evitar las aglomeraciones. En Singapur nos tomaban la temperatura en todos lados: en los centros comerciales y hasta en el hostel”, contó.

“Al regresar a Barcelona, en febrero, para seguir trabajando, hicimos escala en Atenas, y no pasamos por ningún control. Nadie nos preguntó de dónde veníamos, ni nos tomaron la fiebre, ni tuvimos que hacer cuarentena”, dijo el viajero.



Al ver un ambiente tan distendido la pareja creyó todo había quedado en Asia, era un alivio. Lo vivido parecía una exageración.

“En Europa se hablaba del virus en las calles, con mis compañeros de piso, pero el pensamiento, en general, era que no pasaba nada”.

Hasta que tres semanas después se paró todo.



“En Barcelona estábamos en negro, no tenemos ciudadanía y, obviamente, se cortó todo. Nos quedamos sin trabajo”, contó el viajero.

Al principio lograron subsistir con los pocos ahorros de las últimas semanas. Pagaron hospedaje y alimentos.

A fines de marzo, al ver que el panorama empeoraba, tanto en el terreno económico como en el sanitario, sacaron el pasaje de vuelta para el 1 de mayo, pero el vuelo se canceló dos veces. A la par se contactaban con autoridades del consulado argentino para recibir algún tipo de ayuda.

La idea de poder sustentar su viaje a medida que iban trabajando en distintos lugares, se derrumbó.

“Insistimos bastante hasta que obtuvimos una respuesta y nos empezaron a ayudar. Nos ubicaron en un convento franciscano, un hospedaje gratuito para varios argentinos que estábamos varados y no teníamos más dinero”, narró.

“Era muy complicado para nuestras familias ayudarnos económicamente por el tema cambiario, por el impuesto-país, y todo eso”, contó.

En aquella residencia estuvieron desde el 15 de abril al 26 de mayo. Allí se alojaban entre 7 y 8 argentinos, unos entraban, otro salían; y entraban nuevos. En aquel terreno de un cuarto de manzana había también una iglesia y la residencia de los monjes.

“A las 8 salíamos a aplaudir, veíamos a los monjes en el convento, porque ellos también salían y nos saludaban, pero siempre desde lejos”, contó.

El lugar donde dormían se usaba comúnmente como hospedaje en el marco de retiros espirituales e intercambios.

“Era todo nuevo, muy equipado, con terraza. La iglesia estaba al lado”, dijo.

Del consulado les enviaban una bolsa con alimentos una vez por semana. Estaban lejos de la familia, sin dinero y con mucha incertidumbre. Cada hora las medidas cambiaban. Las cifras aterraban.



“Cuando podían desde el consulado nos mandaban yerba, galletitas argentinas, turrones, dulce de leche, cosas que nos hacían muy bien. Por ahí, parecen pavadas pero en esa situación eran como mimos”, contó.

El 20 de mayo les avisaron que había una posibilidad de subir al vuelo del 27 de mayo, Madrid-Argentina.

Fueron a Madrid en colectivo y de allí tomaron el vuelo de repatriación. El avión estaba completo y no había distancia entre las butacas, solo era obligatorio el uso de barbijos.


La pareja en la Fontana di Trevi, en Roma, cuando podían trabajar y viajar.

“Una vez que llegamos a Buenos Aires subimos a un auto particular que un amigo nos había dejado en Ezeiza y cumplimos la cuarentena en Darregueira”, comentó.

Después Romina pudo regresar a Coronel Suárez a reencontrarse con sus afectos y hoy trabaja en el hotel de la familia, en esa localidad. Juan Cruz atiende hoy el Lubricentro de sus padres, en Darregueira.

“Nuestra idea no era volver ahora sino a fin de año. Para eso estábamos trabajando pero la pandemia nos complicó a todos y nos obligó a pegar la vuelta y a terminar nuestro viaje antes de lo planeado”, dijo.


En uno de los alucinantes templos del sudeste asiático.

“Ahora, planificamos nuevos viajes y nuevos destinos para cuando se normalice todo poder retomar”, aseguró.
La experiencia en Asia más allá del Covid 19

Al principio lo que más los impactó fueron los paisajes y luego el tipo de vida que lleva la gente allá.

"Son muy relajados, pareciera que no tienen ambición. Entrás a un comercio y los ves en una reposera , durmiendo una siesta y no se preocupan por atenderte muy bien o prestar tanta atención al cliente", contó.



"Viven de un modo muy sencillo, tienen un par de cositas ahí y con eso les alcanza. de hecho, en muchos lugares no teníamos agua caliente, En un bungalow de Tailandia nos fuimos a lavar los dientes y de la canilla salía agua marrón, tipo agua de río", comentó.

En esas situaciones se valoran otras cosas de la vida cotidiana.



"Valorás contar con agua caliente, agua potable una heladera y también extrañás la comida, aunque la de ellos es muy rica. Pero extrañábamos un rico asado, una rica pasta. Vinimos pasados de arroz", contó.

Vuelos. "Hay gente que pagó 195 mil pesos para volver a Argentina. Había mucha desesperación y hacían cualquier cosa. Nosotros no teníamos ese dinero. Por eso insistimos en que se nos respete el pasaje que ya teníamos comprado, que era de 35 mil pesos", comentó Juan Cruz.

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