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11 de mayo de 2020

Misterio: El extraño espectro en el camino de Alpachiri



El jueves de 12 de marzo se comunicó a la redacción Felipe Horacio Crocciante, un empresario santafesino residente en la provincia de Córdoba, quien, de paso por nuestra ciudad y advertido por un familiar bahiense de estos espacios en "La Nueva.", solicitó hablar con quien suscribe en una muy personal búsqueda de respuestas, ante una situación recientemente vivida y que, aparentemente, tendría características sobrenaturales.


Fernando Quiroga / Especial para "La Nueva."

fernandodepunta@gmail.com

Le agradecí la confianza depositada, pero intenté desistir de la conversación en ese punto, explicándole que simplemente soy un cronista de vivencias no convencionales; no alguien que puede brindar luz a sus vivencias particulares. Un poco desanimado e insistente, me pidió media hora de mi tiempo para tomar un café y contarme. Accedí a regañadientes; estaba cerrando la edición de un relato anterior, pero como la redacción estaba avanzada, acepté en buen grado. Siempre evalúo la posibilidad de sumar una nueva historia, y esta no fue la excepción.

Mi entrevistado (porque en eso se transformó cuando nos sentamos en un popular café del centro) era enérgico e inquieto, pero incapaz de mentir. No encontré fisuras en su narración; claro y conciso refirió la vivido la noche del 5 de marzo de este año, cuando se encontró cara a cara con lo inexplicable.

Felipe tenía que llegar a Alpachiri por cuestiones familiares. Salió de Santa Rosa luego de un descanso de más de doce horas; venía de Córdoba “Corazón de mi país”, como le gustaba llamar a su provincia adoptiva. Una mezcla de mandato familiar y descubrimiento personal, había hecho que ame profundamente la tierra del cuarteto y paisajes inolvidables. Sin embargo, el hermano natural de su madre, único sobreviviente de desavenencias familiares del ayer, había fallecido recientemente dejando una línea familiar en Apachiri que quería comunicarse con su madre. Fue así que, cumpliendo con el sueño de su vieja, iba a encontrarse por primera vez con sus primos. Lamentaba no haber conocido a su tío, pero iba a enmendarlo fraternizando con su familia. El asado pampeano tiene fama de ser uno de los mejores en la extensión de Tierra Adentro, por lo que iba más que dispuesto a celebrar el encuentro.

Entre Doblas y Macachín había un extraño banco de niebla, por lo que bajó la velocidad. El verano comenzaba a hundirse en la leve depresión otoñal; y a esas horas non sanctas el universo lo reafirmaba en silencios opresivos. Cruzó Macachín en la quietud de la madrugada y saliendo por Rivadavia (así el nombre de la arteria que se convierte en ruta) un golpe, un súbito sobresalto alteró la mecánica del auto. Como si hubiese pisado algo irregular y pesado, Felipe paró rápidamente en la banquina, sintiendo (o intentando sentir con cada fibra de su cuerpo) el origen de tan confusa situación.

La noche, de luna generosa, le devolvió postales de calma e incertidumbre. La linterna del celular era potente, pero no para barrer la senda y sus sombras con volumen. Felipe prestó atención a un túmulo, algo extraño y fantástico que pareció moverse en la oscuridad, entre sutiles gorjeos.

A sus espaldas, mientras escudriñaba incómodo ese punto ciego, un carraspeo lejano lo sacó de eje. Giró sobre sí mismo y, alarmado, comenzó a ver una forma que se acercaba con parsimonia y decisión. Pantalón de fagina, boina y facón cruzado, un anciano de edad imposible de determinar; los rasgos ajados por temporadas de sol inmemoriales, acento del lugar, quijada fuerte y mirada sincera.

-¿Se le quedó la máquina, Don? –refirió el lugareño con voz segura y voluntad de ayuda.

-En realidad, no… -se encontró respondiendo Felipe, al tiempo que comenzó a sentir un inmenso alivio. Se deshizo en explicaciones que no hilaban; se dio cuenta que estaba visiblemente nervioso.

El baqueano lo miraba fijo, con adusto pero sincero gesto de comprensión.

-Quédese tranquilo, suele pasar por acá… si es creyente no tiene porqué “entrarle el meido…“ - expresó el hombre sin inmutarse.

Felipe parpadeó molesto. La incomodidad que creía haber dejado atrás ante la pasividad de su interlocutor, volvió a embargarlo. Sintió un leve y sutil escalofrío en la nuca, como si la lengua bífida del diablo, lo saludase antes de aparearse.

-Disculpe…no le entiendo –visiblemente molesto, Felipe tragó saliva y enfrentó la mirada gentil del hombre. Éste, notando la incredulidad y el desdén, sonrió con esa certidumbre lejana que dignifica a los hombres de tierra adentro frente a la estupidez pretensiosa.

-Usté desconoce la historia de “La Cieguita”? –balbuceó el pampeano entre dientes, mientras apretaba, entre los labios morados, el mentolado sucio que había prendido.

-La verdad que sí… -refirió Felipe sin molestarse en flanquear su molestia. Levantó el celular al darse cuenta que no tenía señal, y sólo vio, en el reflejo del espejo negro de la pantalla que se apagaba, la devolución ojerosa de su rostro temeroso.

-Suba y arranque tranquilo…tenga fe y va a llegar a destino –sentenció el baqueano, y sin más preámbulos, arrojó la colilla del cigarrillo (Felipe afirma que la brasa ya llegaba al filtro, que no recuerda haber estado tanto tiempo hablando con el extraño interlocutor, muy curioso) y se marchó saludando gentilmente.

-Yo lo vi perderse en la sombra –me relata Felipe después de la segunda taza de café negro y dos cigarrillos afuera– y ahí en realidad comenzó lo más complicado del viaje.

Felipe sacudió el celular y se iluminó el ambiente. El aparato había experimentado el equivalente a un bajón de tensión; de repente y sin tocar el comando de luz, el celular estaba en la más mínima expresión de luminiscencia, como si su carga de batería estuviera cerca de expirar. Al minuto, rebosaba de vida de golpe. Como fuere, entre luces y oscuridades inexplicables, Felipe subió al auto y lo puso en marcha. En un instante, con el rabillo del ojo, vio (o creyó ver, aún hoy se lo cuestiona) en donde antes había divisado el túmulo que se movía en sombras, un desplazamiento que lo asustó. Algo que se deslizó entre la maleza, para no aparecer en los haces de luz del auto. Algo que estaba ahí, hasta ese momento.

-Resulta que cuando el paisano, ese baqueano raro me habló de la tal Cieguita, no solo no le di crédito, sino que ni siquiera reparé en lo que decía –Felipe Crocciante no dejaba de sincerarse, era como si antes de compartir ese café, había evitado hablar del tema-. Quería llegar a lo de mis primos y la situación me parecía increíble; no soy supersticioso, pero debo confesar que me dio temor lo que ocurría, una suma de cosas…

-¿Y supo de “La Cieguita”? – inquirí con premura. Sentí que tenía que llegar al meollo de la situación.

-La historia dice que en la zona de Alpachiri, está enterrada una cautiva del Cacique Painé –Felipe bajó la vista y habló como en sueños-. La tradición refiere que es la madre huinca del cacique Mariano Rosas, o Paghitruz para su pueblo. También dicen que Painé le arrancó los ojos para que no escape con su hijo, que un lugareño le cosió los parpados y que murió de tristeza, sin poder llorar…

-Usted entonces asegura que La Cieguita no es solo un mito, sino una aparición… -afirmé más que preguntar. Queriendo llegar a lo que sentí que venía, lo más sabroso de su relato.

A diferencia de lo que creía, a Felipe se le llenaron los ojos de lágrimas.

Arrancó el auto con el corazón al galope. Ese movimiento en la maleza lo alertó hasta las vísceras, sentía náuseas, experimentaba un mareo infrecuente, como un sopor peligroso. Tenía miedo. Aceleró con ansias de llegar a Alpachiri cuando antes; miró el reloj del celular y daba las 3 de la mañana. Sintió nuevamente el golpe en el auto, gritó y volanteó. Por un instante, en el giro caótico vio a la criatura que describió con horror. Al frenar el trompo, entre gritos y vapores en la oscuridad, salió del auto alumbrando con el celular y llorando a mares.

Frente a él, a tan solo unos metros, estaba la encarnación de una pesadilla.

La Criatura que describe no mediría más de un metro cincuenta, pero entre los harapos que arrastraba y el rostro desencajado en una descomunal mueca abierta, cerosa y expresionista, daba terror ya al divisarla de lejos. Felipe corrió hacia la banquina y resbaló hacia atrás, en el barro, y la vio acercarse rengueando. Parecía que no podía cerrar la boca, congelada en una mímica bestial. Absorto, pudo comprobar con horror que babeaba; La Cieguita lanzaba unos quejidos guturales de los que el propio Diablo se hubiese espantado. Los ojos (o donde hubiesen estado) dos moretones desprolijos cocidos con hilo de cuero; grotescas cicatrices que ya habían olvidado sus naturalezas de párpados abollados; aún impresionaban por el temblor. Le extendía los brazos a Felipe y éste, por la mueca grotesca, no sabía si reía o lloraba, pero si recordaría después, que el sonido vaporoso asemejaba un graznido irregular y continuo que, cuando se quedaba sin aire, sonaba en estertores desinflados.

Cuando Felipe creyó desvanecerse sintió un brazo que lo levantaba. Se incorporó con miedo y el baqueano que antes lo había encontrado, estaba de pie a la vera de la ruta, asistiéndolo. El hombre de campo lo cargó como si fuese un nene; Felipe notó que las fuerzas se le iban del cuerpo y que el sopor lo invadía. A lo lejos, un trueno marcó la línea divisoria entre el caos y la calma que precede a la tempestad. Y la lluvia comenzó a baldazos.

Sintió cómo su cuerpo volvía al auto, pero del lado del acompañante. Vio (o creyó ver) al baqueano, luego de cargarlo, recortado entre los furiosos relámpagos, levantando los brazos ante los elementos, arrojando sal en la tierra. Vio (o creyó ver) a La Cieguita caminado en cuatro patas, como una bestia, saltando sobre el Hombre Santo que, con un gesto del puñal en el aire, haciendo la señal de la cruz, la desintegraba en refucilos que hacían que la noche pareciera de día.

Sintió alivio al notar, en el reflejo del vidrio del auto, las luces de una ambulancia; como así también las manos de los médicos asistiéndolo en el vehículo hacia Alpachiri. Sintió alivio y emoción al conocer a sus primos en una sala médica y relatar la curiosa vivencia. Y entre mates, abrazos y emociones, sintió terror y alivio a la vez, al recibir la última revelación inesperada. En el álbum de recuerdos que prepararon para que lleve a su madre, en la primera hoja, arriba de la dedicatoria, estaba la imagen de su Tío, a quien nunca había conocido.

Desde la fotografía, con la ropa de fagina, boina y el mismo facón cruzado, sonreía El Baqueano.

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