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Triers Hotel

11 de abril de 2020

De Darregueira a África: la voluntaria que quedó varada en Kenia



Gisela Aschemacher tiene 25 años, es de Darregueira y ha viajado por varios países en los últimos años. Estuvo en Brasil, Chile, Costa Rica, México, España e Italia y hasta realizó un voluntariado en Sri Lanka (India), pero ninguna experiencia se compara con lo que vivió las últimas semanas en África, donde se encuentra varada hoy, sin poder retornar a Europa, donde vive y trabaja.




Hasta hace algunos días brindaba su tiempo al orfanato Baby Life Rescue Centre, de Mombasa, Kenia, donde viven unos 20 niños, de entre 2 meses y 10 años pero a partir de la pandemia comenzaron a tomarse medidas de aislamiento y ya no pudo verlos.

“Estoy viviendo uno de los choques culturales más fuertes desde que comencé a viajar”, resaltó.



La joven, quien es técnica superior en hotelería, se anotó en España para colaborar con la ONG Voluntarios en Kenia mucho antes de que el Coronavirus fuera una preocupación mundial.

Donó 150 euros por semana y agendó una fecha para ser voluntaria por un mes. El aporte incluía su alojamiento y comida.

En Mombasa (Kenia) se abocó al orfanato. Iba mañana, tarde y noche, de lunes a viernes, a dar el desayuno, el almuerzo y hacer los deberes con los niños, dar la cena, bañarlos y acostarlos a dormir.


En Kenia hay tres millones de niños huérfanos o abandonados.

La viajera aseguró que en este país se sufre más la crisis que ocasionó el COVID 19 porque hay mucha gente que vive principalmente del turismo y la mayoría de los hoteles están cerrados.



“En Kenia recién está comenzando todo. Según informes del gobierno habría unos 150 casos confirmados, pero se supone que son varios más”, dijo.

La realidad es que no tienen dinero para hacer los tests y las pruebas necesarias a todas las personas que lo requieren, por ende, la población supone que hay muchos más casos ocultos.

Por el momento, las medidas que se tomaron son el cierre de las fronteras y de los colegios, y un toque de queda desde las 19 hasta las 5 de la mañana.



Los bares y restaurantes también están cerrados, exceptuando algunos que dependen de hoteles que aún tienen turistas alojados. Por 21 días –inició desde el pasado martes- también prohibieron el tránsito entre ciudades de diferentes dependencias.

“A decir verdad, África sufre pandemia y crisis continuamente y lamentablemente están acostumbrados a sobrellevarlas como pueden”, comentó.



“La gente que vive el día a día vendiendo cosas en la playa o en la calle está realmente complicada. Hablar de aislamiento en un sitio donde muchos no tienen donde dormir es complicado”, dijo.

Señaló algo curioso: muchos de los africanos que fueron discriminados en otros continentes por su color de piel o procedencia hoy temen a los blancos en su tierra.



“A partir de este virus, ser blanco en Kenia es, en parte, una amenaza”, dijo.

La población del país asciende a 46 millones de habitantes y, por el momento, la incidencia del virus es baja: se calculan unos 3 infectados por cada millón de personas.



“Con respecto al confinamiento aquí en Kenia, y en África en general, es muy complicado. La gente no tiene recursos, y vive el día a día. A esto hay que sumar que gran porcentaje de la población debe salir en busca de agua”, contó.

El espacio es un lujo. Muchas personas viven hacinadas en pocos metros cuadrados y hasta a veces se turnan para dormir.

“La higiene es otro punto débil. Muchas veces no tienen agua corriente y el jabón sería un gasto innecesario cuando hay hambre”, dijo.



“El desafío adicional para África son las enfermedades y las condiciones de salud que ya existen y que podrían predisponer a las personas a peores resultados si se infectan con COVID-19”, reflexionó la voluntaria.

Es un continente que superó muchas epidemias y la población ya conoce la lucha contra ellas. No los toma de sorpresa, pero saben que no tienen sustento económico suficiente.

Las condiciones sanitarias son aceptables en hospitales privados pero existe un sistema público de baja calidad y un sistema privado de mejor calidad pero muy costoso.



“La característica del pueblo africano es su resiliencia y su vivir en el presente. Cada día es un obstáculo difícil de superar, la imaginación no sobrepasa las veinticuatro horas, no se hacen planes ni se acarician sueños”, dijo.
“Estos peques son inmensos”

En Kenia hay aproximadamente 3 millones de niños huérfanos. Generalmente los abandonan pero también suelen perder a los papás por VIH, por violencia de género o simplemente por no ser deseados.

“El rol del voluntariado es variado y libre, como bien dice la palabra, es voluntario. Hacés lo que sentís en el momento. Y sinceramente sentís tanto que es difícil no hacer”, contó.



“Más que nada consiste en brindarles amor, cariño, risas, diversión, lo que sientas que puedas dar para cambiarles la realidad unos segundos”, destacó.

“Las cuidadoras van al orfanato para llevar el pan a sus casas, por más que sean un amor con los niños no tienen tiempo de dar un abrazo a cada uno a la hora de dormir, porque son muchos, porque los bebés lloran o, simplemente, porque no lo sienten. Entonces, yo sentía que mí rol era ese. Dar amor”, dijo.



Una de las cuidadoras, optimizando el tiempo en el orfanato.

Más allá de su entrega, la joven viajera hizo hincapié en lo recibido.

“Lo que ellos pueden darnos a nosotros es difícil de expresar en palabras. Yo di mucho pero, aún así, siento que gané con lo que me llevé de ellos. Esos peques son inmensos”, añadió.



Los fines de semana los llevaba a la playa o compartía con ellos alguna actividad como bailar, pintarlos, jugar y festejar cumpleaños.

“Eso les encanta. Las edades de los niños muchas veces no se saben entonces se les suele poner una fecha inventada y una edad que suponen que tienen. Las adopciones internacionales están prohibidas debido a la trata de personas”, comentó.



El hecho de que muchas veces los nacimientos no sean registrados los hace vulnerables de secuestros; si esto pasa, nadie se entera, porque para el país ese niño no existía.
La única huésped de un hostel

Aschemacher vive en San Sebastián, España, desde julio del año pasado y trabaja en el área gastronómica.

Tenía vuelo para regresar a Europa para el 1 de abril pero fue cancelado por la aerolínea.

Desde hace 20 días está en Galu, Diani Beach, como única huésped de un hostel.



“Ya he formado una familia, básicamente, con los empleados. Parece que deberé quedarme por lo menos veinte días más”, dijo.

Ella aprovecha el tiempo para enriquecerse de la cultura local ya que vive el día a día con keniatas.

“Investigo sobre tribus, voy a comer con familias, estoy aprendiendo y más que nada escuchando sus historias, que todo el día me sorprenden más y más”, subrayó.



“Intento no pensar en por qué no puedo volver a casa. Lo tomo como una oportunidad para crecer y enriquecerme, y sinceramente, más allá de lo económico y del cambio de planes inesperado estoy teniendo una cuarentena en un paraíso. Si me quejo hoy es solo de llena”, dijo.

A su vez, está en contacto con otras ONGs y viendo la posibilidad de apadrinar niños y de compartir esta información con gente que quiera colaborar más que nada para lo básico que sería alimento, salud y educación.

Su familia en Darregueira. Es hija de Alberto y Dina y tiene dos hermanos, Joaquín y Ximena. “Siempre me apoyaron, desde el día uno que decidí viajar. Me dejaron volar, confían en mí, y yo intento ser lo más transparente que puedo cuando estoy lejos, a veces me pongo más empática y digo sí, debe ser difícil para ellos. Pero a decir verdad siempre me incentivan y tapan sus miedos, a mí solo me transmiten tranquilidad. Saben que mí felicidad está en el mundo. Y ellos la comparten conmigo”, dijo Gisela.

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