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18 de febrero de 2020

Baigorri Velar, el mago que hizo llover en Carhué



Años difíciles eran para Carhué aquellos de finales de la década de 1930. Si bien por aquel entonces el sector agropecuario no estaba desarrollado como hoy, la abrupta caída en las lluvias traía fuertes dolores de cabeza al sector turístico y hotelero nucleado en la villa Epecuén.

Lejos de los tristes sucesos que ocurrirían décadas después, en 1985, con la laguna engullendo la población balnearia, la sequía era tal que en los balnearios se construían espigones para acceder al agua, que se había retirado varios metros adentro. Los registros acumulados de 1938 apenas superaban la mitad de los que se daban en las primeras décadas del siglo.

En plena temporada estival 38/39, los turistas que se iban de Carhué recomendaban no viajar a la ciudad a menos que lloviera; muchos potenciales visitantes querían averiguar el estado de la laguna antes de aventurarse al viaje. Si no ocurría algo pronto, lo más probable era que el verano se perdiera irremediablemente.



Era urgente que lloviera; casi podría decirse que era necesario un milagro.

Y ese milagro se llamaba Juan Baigorri Velar.

Con 48 años de vida, este entrerriano se había hecho famoso entre fines de 1938 y comienzos de 1939 por haber hecho llover en la Capital Federal, en medio de una polémica apuesta pública con las autoridades del Servicio de Meteorología. Los principales medios periodísticos del país se habían hecho eco de la hazaña y la gente lo idolatraba: lo llamaban El Mago de la Lluvia. Hasta tenía un cantito tribunero: “Que llueva, que llueva / Baigorri está en la cueva / enchufa el aparato / y llueve a cada rato”.

Venía con una racha positiva: había provocado precipitaciones en distintos lugares de Santiago del Estero, donde la sequía era extrema por ese entonces, y los sucesos de Buenos Aires habían elevado su popularidad y cotización. También había hecho llover en otros puntos del país.

A valores de aquellos tiempos, comerciantes y hoteleros de Carhué reunieron unos 5 mil pesos, monto que en ese entonces permitía adquirir un automóvil cero kilómetro, y viajaron para entrevistarse con él. Después de varias gestiones, finalmente acordaron que el Mago viajase a Carhué a principios de febrero.

Tras un merecido descanso después de los sucesos del 2 de enero y unos compromisos ineludibles en la provincia de San Luis, Baigorri Velar arribó en tren el domingo 5 del segundo mes de 1939, y fue recibido por una multitud.



Llegó acompañado de su máquina de hacer llover, una especie de caja del tamaño de un televisor de 20 pulgadas, con dos antenas extensibles, reactivos químicos y conectada a una batería; un aparato que —decía— había diseñado en Italia, que medía el potencial eléctrico y las condiciones electromagnéticas del lugar donde se ubicaba, e incidía en la formación de nubes de lluvia.

Se lo ubicó en el castillo de la villa Epecuén, el sitio más alto de la población, junto al lago. Allí instaló sus equipos y, más allá de una demora por problemas técnicos, el experimento ya estaba en funcionamiento días después. La expectativa era tal, que el 8 de febrero “La Nueva Provincia” titulaba a toda página “Baigorri Velar hará llover en Adolfo Alsina”.

Así, en medio de una sociedad dividida entre los creyentes y los incrédulos, la primera lluvia llegó unas 52 horas más tarde. Duró apenas un rato, por problemas con el generador de energía, por lo que la gente acercaba acumuladores propios para que continuara el experimento.



Al día siguiente, 16 de febrero, en un día soleado y con viento que llegaba desde distintos puntos, volvió a llover. Hasta se certificó por medio de un escribano público lo que había ocurrido.

Baigorri Velar había logrado el milagro; o, al menos, eso aseguraba él. Según los medios locales, el Mago decía que “las últimas lluvias y tormentas fueron producto de sus experimentos”.

Pero allí no quedó todo.


La máquina tenía el tamaño de un televisor de 20 pulgadas, dos antenas extensibles y usaba distintos reactivos químicos.



El ingeniero se fue de Carhué, pero dejó instaladas dos antenas que —decía— captaban las ondas de su aparato y atraerían hacia ellas las nubes “artificiales” de lluvia. Continuaría realizando experimentos en Capital Federal, que “con toda seguridad producirían” nuevas precipitaciones; él seguiría monitoreando las condiciones climáticas locales a través de telegramas.

No hubo que esperar mucho. El jueves 23 de febrero, a primera hora, llegó un pedido urgente de novedades sobre el estado del tiempo en Carhué, dirigido a la Comisión de Fomento de Epecuén: “Informen urgente estado del tiempo. Estoy trabajando con lluvias”, exigía; el remitente era el mismo Baigorri Velar.

A las pocas horas, sobre el mediodía se produjo una precipitación de carácter extraordinario, que alcanzó los 100 milímetros en poco más de 60 minutos en Carhué, y cerca de 40 milímetros en la villa balnearia. Esta posible diferencia en los registros también había sido advertida por el ingeniero, quien había señalado que los minerales y el subsuelo del lago eran “contrarios a la captación de las ondas que —señalaba— provocan lluvias artificiales y hasta las mismas lluvias naturales”.



Después de estos increíbles sucesos, atribuidos por unos a la máquina y las ondas electromagnéticas, y por otros al accionar de la naturaleza, no llovió más ese año en la ciudad; o casi.

Baigorri Velar seguiría haciendo sus experimentos en distintos lugares del país, a veces con mayor y otras con menor éxito en las décadas siguientes, hasta su fallecimiento en 1972. Nunca revelaría a nadie los secretos de su aparato, ni siquiera cuando le ofrecieron una fortuna por los planos.

El ingenio popular y el boca a boca rápidamente acrecentaron la posible hazaña del Mago de la Lluvia en esta zona.


En aquellos años, aparecieron varios imitadores de Baigorri Velar, aunque ninguno logró su trascendencia.



Con el tiempo, se diría que Baigorri Velar había llegado a un Carhué casi desértico en el que hacía tres años que no caía una gota de agua y donde el lago Epecuén se encontraba completamente seco. Hasta circuló la versión de un funcionario municipal que, previo a las lluvias, lo había acusado de fabulador.

También se diría que la tormenta del 23 de febrero había sido tal que había provocado el desborde de la laguna y que un rayo de la tormenta eléctrica generada, había quemado el reloj de la plaza principal.

Esto no es de extrañar, ya que semanas atrás —después de las lluvias de principios de año en la capital—habían llegado a atribuirle una tormenta sobre el Canal de la Mancha (entre Inglaterra y Francia, a unos 11 mil kilómetros de distancia), que había puesto en peligro el barco en el que viajaba el por entonces primer ministro británico, Neville Chamberlain.



Y el cantito tribunero, que supuestamente lo vivaba, era una suerte de burla que le hacían algunos grupos de personas que pasaban frente a su casa, a quienes él respondía con insultos desde su balcón.

Lo cierto es que 1939 tuvo un registro acumulado de 470 milímetros en Carhué, incluso menor al del año anterior.

Exageraciones, burradas, casualidades, causalidades, verdades ineludibles o chimentos de conventillo, es innegable que gran parte de las pocas precipitaciones que tuvo Carhué en ese sequísimo 1939 se dieron cuando el Mago de la Lluvia decía estar trabajando en ellas. Pero también es real que durante las precipitaciones que se le atribuyen al ingeniero, también se dieron tormentas en una amplia región del sudoeste bonaerense.

Al final, todo se redujo a los titulares en los medios de aquella época: “Como lo pronosticó Baigorri, hoy llovió”.


El director, la apuesta y el paraguas

A fines de 1938, cuando la fama de Baigorri Velar iba en ascenso, el director del Servicio de Meteorología Nacional del ministerio de Agricultura, Alfredo Galmarini, no perdía ocasión para hablar en tono entre burlón y despectivo del Mago de la Lluvia y su aparato.

En diciembre de ese año, el diario “Crítica” publicó el desafío para que el ingeniero hiciera llover el 2 de enero de 1939 en Buenos Aires.

Ni lerdo ni perezoso, Baigorri aceptó el reto y en una ironía poco habitual en su persona, envió un paraguas de regalo al funcionario, con una tarjeta que decía "Para que lo use el 2 de enero".



El segundo día de 1939 amaneció sin brisa y escasas nubecitas, aunque con el correr de las horas, el cielo de Buenos Aires se cubrió de nubes grises y negras.

Para sorpresa de todos, a la tarde cayó un violento aguacero que se prolongó hasta el día siguiente.

(La Nueva)
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