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23 de diciembre de 2019

¿Rapto extraterrestre en el centro de Bahía Blanca?




Los hechos que se narran a continuación, son contemporáneos. Fuerte vivencia de una joven platense que, por propia voluntad, decide hacernos partícipes de un trauma vivido, presuntamente, en nuestra ciudad. En conocimiento de esta sección quincenal, contactó a "La Nueva." para contar su historia. Ponemos a consideración de ustedes, tan curioso y complejo relato.

Fernando Quiroga / Especial para "La Nueva."

fernandodepunta@gmail.com


Carolina Díaz (prefiere darnos el apellido de su madre; no insistimos, valoramos que nos haya elegido para manifestar su experiencia) es una dirigente de movimientos sociales residente en La Plata. En una movilización durante 2018, se acercó a nuestra ciudad para participar activamente en la misma.

En una oportunidad y frente a grupos bahienses de compañeros que nos habían bancado en una movilización frente a la legislatura provincial, habíamos acordado sumar nuestras fuerzas militantes para los reclamos de esta localidad (hace referencia a Bahía Blanca). Si bien el motivo que me hizo acercarme a Bahía fue en el marco de un evento de alcance nacional, me coincidieron unos eventos personales y aproveché para cumplir mi palabra; estuvimos junto a mi pareja, Sol, presentes en la carpa montada en Plaza Rivadavia, durante la Vigilia del año pasado.

Carolina hace referencia la noche de junio de 2018, cuando el Congreso aprobó la media sanción en favor de la despenalización del aborto. Nos cuenta que, al término de la larga jornada, ya entrada la madrugada, al dirigirse al lugar donde pernoctaría, su pareja y dos amigos se adelantaron, y ella se desvió en busca de una estación de servicio para comprar cigarrillos. La referencia de GPS es Plaza Almirante Brown; la estación de servicio se encuentra sobre calle Chiclana, a la misma altura.

En una de las calles de la plaza (creo que cerca de Ingeniero Luiggi y Drago), vi entre los árboles, a ras del piso, una luz fuerte; una especie de farol, una esfera luminosa que se movía lentamente. Al principio pensé que se trataba de una persona buscando algo, como si estuviera agachada con un celular, pero instantáneamente me di cuenta que la luz era demasiado fuerte para que venga de algo tan chico; por lo que me dio mucha curiosidad y me acerqué.

A metros, la luz ascendió y pudo ver dos cosas; la primera, que no provenía ni de ningún teléfono ni linterna; la segunda: que no la sostenía nadie. Rápidamente se elevó en silencio y subió enérgicamente su intensidad. Carolina, transida de un profundo temor, intentó dar un paso atrás. Ya no pudo. Quedó inmóvil. Sobre las copas de los árboles de la plaza, un destello inconmensurable opacó el pequeño orbe que ascendió hasta confundirse con la luz madre. Eran las 3.39.

Fue el último recuerdo de Carolina antes de retomar la conciencia, a las 5.18 de la mañana del mismo día, sentada un banquito del mismo paseo público, uno que da sobre calle Brown. Hacía muchísimo frío, y en el aturdimiento propio de recobrar la conciencia plena, manifiesta haber sentido calor y, por haber estado sentada inmóvil tanto tiempo (más de una hora) su temperatura corporal no coincidía con el frío invernal.

Recuerdo haberme levantado del banco, casi somnolienta. Tenía siete llamadas perdidas al celular, cuatro de Sol y tres de mis amigos. Caminé hacia la estación de servicio para comprar los puchos, y recuerdo que la chica que atendía me preguntó si no tenía frío. Le dije que no, pagué el atado y al salir, vi que, a la puerta del autoservicio, llegaban todos buscándome, lo hacían desde hacía una media hora. Les dije que había estado en la plaza y no me creyeron; aseguraron que habían pasado en dos oportunidades y que no había “ni un alma”. No quise discutir con Sol, estaba muy preocupada, ni contradecirlos a ellos, nos fuimos a la casa donde nos esperaban y el tema no pasó a mayores esa noche.

A partir de esa vivencia, Carolina comenzó un derrotero hacia las fauces de la incomodidad, la negación, el escepticismo y finalmente al miedo. No recordaba absolutamente nada de esa hora y 22 minutos. Como en cada caso de abducción (el urticante término que nadie quiere asociar a una experiencia personal) el missing time (o tiempo perdido, desde que se tiene el ultimo recuerdo, hasta la revelación de todo) llegó y la abrazó antes que nadie. La pérdida, la confusión y el desamparo, llenaron de vacío sus paisajes interiores. Recurrir al hipnotismo era una opción extraña; no la negó, incluso decidió hacerla desde el primer momento en que comenzó a experimentar la perdida de todo lo sucedido.

No tuve ningún dolor; sin embargo, conozco mi cuerpo, y me sentía rara. Lo que sí me empezó a pasar, es que comencé a despertarme las primeras noches con ruidos que, presumiblemente, sentía que salían de mi interior. Un “zumbido” específicamente.

La sesión de hipnosis estuvo a cargo de un psiquiatra renombrado de La Plata. La revelación fue más escalofriante de lo imaginable.

Vi el archivo de video que pedí que graben y me asusté mucho –refiere la entrevistada - Puntualmente, arranqué terapia después de eso. El Doctor me derivó a una psicóloga que me está ayudando un tiempo a sobrellevar esta confusión - Carolina se quiebra, le cuesta seguir hablando; comprendemos, esperamos unos minutos y retomamos el testimonio.

Refiere a que, bajo hipnosis, revivió un agudo dolor en la pelvis, una quemazón imposible. Llegando a revisarse la zona del cuerpo, descubrió una minúscula incisión catorce centímetros debajo del ombligo; una punción sutil, fácilmente confundible con un grano o un vello encarnado.

Una empleada de servicio del nosocomio platense al que arribó para hacerse una radiografía, declaró que fue convocada de urgencia a la sala de rayos porque una paciente (Carolina) en profundo estado de nervios, había sufrido una descompostura y vomitado. En el revuelo de histeria, la responsable de mantenimiento convocada, nos contaba que la paciente gritaba muy angustiada.

La radiografía mostraba un triángulo de metal dentro de la pelvis; perfecto, media solo milímetros. En principio se creyó que era una incrustación arbitraria, resultado seguro de una oportuna operación; sin embargo, no solo Carolina manifestó no haber sido intervenida quirúrgicamente (su único antecedente era una extracción de amígdalas a los diez años) sino que, de haber sido así, no existen adminículos de tales dimensiones con fines médicos, ni intervenciones invasivas que los incluyan.

Atravesada por el horror que nace de la rivera de lo desconocido (como si perteneciese a al universo primario y nocturno de la niñez), desapareció del hospital. Jamás buscó el informe oficial; jamás.

Lo extraño, lo doblemente inquietante, es que el objeto se movía; parecía tener un eje longitudinal en su vértice inferior. Un médico residente de un relevante nosocomio local, militante y amigo personal de Carolina (que gestionó la posterior tomografía computada que terminó por descubrir lo asombroso del elemento tecnológico) accedió a hablar con nosotros, con la condición de no revelar su identidad ni su matrícula:

Viajó nuevamente a nuestra ciudad dos meses después de los hechos. Hablé para realizarle un estudio algo más complejo. El cuerpo extraño alojado en su cuerpo presentaba dos puntas hacia arriba y la tercera como eje inferior – advierte sorprendido el profesional de la salud - nos dimos cuenta que no era un objeto de dos dimensiones, sino que presentaba una masa tridimensional similar a la de una pirámide, pero invertida. Giraba balanceándose opuesta al movimiento corporal, como la compensación magnética de una brújula. Carolina entró en crisis al conocer los resultados.

Desolada e incomprendida, pero contenida en afecto, Carolina nos habla desde un nuevo destino; a donde se mudó con Sol, su pareja incondicional.

Siempre militando, ambas docentes, profesionales de la educación y ejemplos de vida, decidieron empezar de nuevo, en el sur del país. No quisieron revelarnos donde, situación que respetamos y valoramos.

Y si bien sostienen con firmeza la lucha en pos de aborto libre, gratuito y seguro, hoy ambas son madres de una criatura de 10 meses.

Quienes las conocen, hablan de un niño hermoso, que tiene los ojos de Carolina.

Nadie hace referencia a la adopción, a cuándo y al porqué; y sus familiares y amigos, sostienen un discreto silencio al respecto…

Dicen que quienes que las acompañan, afirman que el hijo no es adoptado; no dudan que sea hijo natural de Carolina, como tampoco dudan de que la marca de nacimiento que el niño posee en el cuello, es un triángulo que a veces late con una pulsación que parece emitir una luz mortecina, en la oscuridad de las madrugadas.

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