sábado, 8 de junio de 2019

Moldeando la vida: Gastón Páez, hornero fabricante de ladrillos


Un grupo de estudiantes de la UNLPam visitó el horno de ladrillos de Gastón Páez, en Toay, en el marco de una práctica comunitaria. La crónica en primera persona, entre el asombro y el valor del sacrificio.

El pasado viernes 16 de mayo, estudiantes y docentes del Profesorado en Geografía y de la Licenciatura en Comunicación Social, de la Universidad Nacional de La Pampa (UNLPam), visitamos un horno ladrillero ubicado en Toay, La Pampa. Cuando nos íbamos acercando al lugar, observamos que se trataba de un barrio humilde, alejado del pueblo, con extensos terrenos, en los que predominaba la fabricación y quema de ladrillos.

Nos trasladamos hasta una zona de población escasa y nos detuvimos en uno de los hornos. Allí nos recibió, amablemente, Gastón Páez (35), uno de los horneros de la zona. Antes de iniciar el recorrido por el lugar, nos comentó que, anteriormente, el terreno formaba parte del sector industrial del municipio. Su padre gestionó un permiso para que se le ceda este espacio a su familia y poder emprender allí un proyecto. Se lo concedieron bajo la condición de que aporten diez o más años de trabajo. En la actualidad, el terreno forma parte del patrimonio de esta familia de horneros.



Sus propios jefes

En la inmensidad del espacio, nos encontramos con grandes cantidades de ladrillos, algunos en su proceso de secado, otros apilados en el horno y restos de algunos rotos. También herramientas y moldes caseros, montañas de barro y heces de caballos.

Actualmente trabajan en el horno Gastón y sus tres hermanos. Planean conservar el terreno, ven allí una fuente de trabajo para sostener a sus familias. "Somos de la idea de no vender, porque ninguno estudió y ésta es nuestra única fuente de trabajo", explicó Gastón.

Él y sus hermanos cuentan con el beneficio de ser sus propios jefes y, por ello, manejan sus propios horarios, pero son conscientes de que si no cumplen con un régimen de horas, pierden dinero. Gastón es padre de cuatro hijos pequeños y expresa su deseo de que estudien y encuentren nuevos horizontes.

Un proceso complejo

Al consultarle sobre el proceso de fabricación de los ladrillos, Gastón nos mostró el lugar en el que inician la actividad, el "pisadero". Un cuadro ubicado sobre el terreno, en el que depositan la tierra que van a buscar al Bajo Giuliani, la viruta (restos de madera), las heces que recolectan en los stud de caballos de la localidad y el agua, para realizar la mezcla.

Con respecto a las cantidades, nos relata que no hay una receta o cantidades específicas. Al proceso, en este caso, lo tienen mecanizado, por lo que las cantidades se manejan "a ojo". El secreto está en diferenciar la tierra "buena" de la "mala", para sacar un buen ladrillo; y en utilizar heces de caballo, para darle consistencia y atraer el calor, durante la quema. "Con la viruta se saca un adobón de primera calidad", asegura Gastón.

El paso siguiente, después de realizar la mezcla, es cargar el barro en la carretilla y trasladarlo hasta la cancha. Allí lo depositan en los moldes y realizan la "prensa" y el "descarte del sobrante". Ese trabajo supone mucho desgaste, ya que para depositar los ladrillos en la cancha, realizan alrededor de 500 agachadas por día. Previamente, el terreno debe ser rastrillado y cubierto de "viruta" para que los ladrillos no se peguen al suelo.

Como tercer paso, el adobón debe reposar en la cancha entre diez y doce días hasta secarse. El tiempo de secado depende de la estación y el tipo de clima, en invierno tarda más y en verano, cuando hace mucho calor, están listos mucho más rápido.


Una vez seco el adobón, se inicia lo que ellos llaman "baqueteada". Se trata del traslado del material a la pila, la "hornalla", para quemarlos. El horno se construye con los mismos ladrillos que hay que quemar y, para ello, se designa un "asentador". Es decir, uno de ellos es el encargado de recibir el adobón y de apilarlos cruzados, de una forma especial, para que no se rompan y se sequen parejos.

Para hacer el fuego consiguen leña por medio del trueque: un leñero de Cachirulo les proporciona madera y ellos se lo retribuyen con ladrillos, que le sirven para venderlos en la época de primavera o verano, cuando la venta de leña cae al mínimo.

Las quemas duran entre dos y tres días, por lo que al menos uno de los trabajadores del horno debe quedarse durante las noches, controlando que el fuego no se apague. Para atizar las brasas utilizan el "hurganero", una herramienta que les sirve para mover la leña durante la quema. Finalmente, dicen que, cuando el fuego empezó a "caldear", el adobón está bien quemado y, después de algunos días para que se enfríe, listo para la venta.

Una cultura colaborativa

Al visitar las fábricas de Ladrillos de Toay, particularmente el horno de Gastón Páez y sus hermanos, llamó nuestra atención no sólo el esfuerzo y el sacrificio que significa realizar esta labor, soportando fríos y calores intensos, cargas pesadas y noches sin dormir, sino también la vigencia de una cultura característica de los horneros de esta familia.

Esto se puede apreciar a través del vocabulario empleado para el proceso de fabricación, con palabras a las que ellos mismos les atribuyen un significado, y que transmiten a través de las distintas generaciones. Gastón contó que las aprendió de su padre, cuando empezó a trabajar en el horno, con apenas once años.

Otra de las cuestiones que despierta sorpresa es cómo se relacionan con el resto de los horneros, siendo un barrio que se dedica exclusivamente a la fabricación de ladrillos. Gastón contó que trabajan de manera colaborativa, en lugar de competir en las ventas, se asesoran entre ellos mismos, se ayudan con trabajo y materiales, y comparten consejos para elaborar mejores productos. Si bien tratan de tener el mismo precio, también en esto impera la necesidad: "Cuando uno necesita la plata, lo puede bajar, regatear. Y sino, lo aguanta al mismo precio y no lo vende hasta que no se lo paguen", comentó.



Sacrificio y esfuerzo

Esta actividad nos permitió cambiar nuestra equívoca perspectiva, de observar al pasar su oficio, a orillas de la ruta, sin interiorizamos sobre la complejidad del proceso que conlleva la fabricación de adobones. Fue una experiencia donde pudimos conocer realmente los valores que se ponen en juego en la fabricación de los ladrillos, una actividad en la que resalta el trabajo en equipo y de cómo sobrellevar el día a día la constancia de ser su propio jefe. En la ladrillera prima el incentivo, la constancia, la dedicación en la labor y, por sobre todo, el compañerismo.

Esa es una realidad que nos hace repensar la propia, que lleva a la reflexión. En diferentes circunstancias consideramos que nuestra vida es dura, ya sea por trabajar en el hogar, tener que viajar muchas horas para llegar al trabajo o el estar muchas horas frente a una computadora. Todo eso acarrea sacrificio y estrés, pero no se compara con la realidad del trabajo en los hornos. Allí constantemente se pone en juego la salud y se asume el profundo desgaste físico que requiere la tarea.

Al momento de marcharnos del lugar, nos llevamos el ejemplo de una comunidad dispuesta a vivir el día a día y a proyectar la fuerza de su trabajo. Fue una experiencia enriquecedora que nos permitió conocer otra realidad. Una realidad mediada por un "nosotros" "otros", que si bien ambas se dan en paralelo, el otro se construye a partir de la identificación con nuestro propio mundo, en este caso, el académico. Pudimos conocer el arduo trabajo realizado por Gastón y sus hermanos, en medio de adversas condiciones para la salud. Sin embargo, la fabricación de adobones es el sustento para la familia y la posibilidad de que sus hijos puedan estudiar y emprender otro camino.

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